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Simbolismo

El hexagrama en la tradición Zinnendorf: más allá del Sello de Salomón

12 de abril de 2026 · 5 min de lectura · actualizado el 30 de agosto de 2026

Dos triángulos equiláteros entrelazados: uno asciende con el vértice hacia el Oriente, otro desciende con el vértice hacia el Occidente. Es la estrella del cuadro de Compañero, y la doctrina de la Orden le da una lectura que no es la que suele esperarse.

La figura llega al siglo XVIII cargada de nombres prestados: sello de Salomón, cifra cabalística, emblema hermético. Los libros de esta Orden no la usan así. Cuando explican el hexagrama del segundo grado escriben otra cosa, y la escriben sin misterio: los dos triángulos son

«las dos grandes fuerzas del movimiento de todas las cosas, a saber, la acción y la reacción. En estas dos palabras se expresa la gran ley de toda vida y de todo desarrollo, que rige y configura no sólo en el mundo visible de la naturaleza, sino también en el mundo invisible del espíritu.»

No hay aquí un arriba que se refleja en un abajo, ni un macrocosmos que se repite en un microcosmos. Hay una ley de la física convertida en ley moral, dicha con la sobriedad de un manual. Toda acción devuelve algo; también la que se ejerce hacia adentro. El hermano que trabaja sobre sí mismo recibe respuesta de aquello que trabaja, y la recibe con la misma exactitud con que un cuerpo responde al empuje de otro.

La misma ley, cuatro peldaños más arriba

Podría pensarse que ésa es una glosa local, buena para un solo grado. No lo es. La alocución del maestro de San Andrés vuelve casi con las mismas palabras: la creación entera, «en escalones ordenados, aspira hacia la fuente originaria conforme a la ley eterna de acción y reacción». Lo que en el segundo grado se dibuja, en el sexto se predica. El hexagrama no ilustra una idea del grado en que aparece: enuncia la mecánica que el rito supone en todo lo que enseña después.

Tres estrellas, y ninguna errata

Durante un tiempo pareció haber una contradicción en las fuentes: la estrella flamígera se describía con cinco puntas y el hexagrama tenía seis. Otto Hieber lo resolvió sin apelar a nada esotérico: son objetos distintos. La colgante que pende sobre el altar del segundo grado es de cinco puntas, dorada, con la G en el centro y una corona de llamas. El hexagrama es el del cuadro. Y en el templo del Maestro de San Juan hay una tercera, que no es ninguna de las dos: sobre el muro oriental, una estrella de seis puntas de plata, calada, de cuyos ángulos entrantes brotan llamas, con una gran G de plata en el centro.

Contar bien las puntas de tres estrellas parece poca cosa. Es exactamente la diferencia entre un estudio y una compilación: el que no las cuenta acaba escribiendo que el rito «usa la estrella de David», y con esa frase pierde las tres.

Un emblema no anda solo

El hexagrama tampoco está suelto. Pertenece a un vocabulario, y ese vocabulario está ordenado. El cuadro del primer grado lleva dieciséis emblemas que parecen puestos al azar y no lo están: se agrupan en los tres ornamentos —pavimento mosaico, estrella flamígera y lazo de unión—, las tres joyas inmóviles —piedra bruta, piedra cúbica y tablero de trazar—, las tres joyas móviles —escuadra, nivel y plomada—, las tres herramientas —mallete, compás y paleta— y las cuatro semejanzas: el Sol, la Luna y las dos columnas.

El hexagrama no figura en esa lista, porque no es del primer cuadro sino del siguiente. Esa clase de precisión —qué emblema es de qué peldaño— es la que impide leer el rito como un montón de figuras interesantes. Los símbolos del taller forman una gramática, y una gramática se estropea cuando se le mueven las palabras de sitio.

Una letra con tres lecturas

La G que aparece en el centro de las estrellas tampoco tiene un sentido único, y el rito lo dice al entregar el mandil del maestro de San Andrés: «señala en particular el nombre del Tres Veces Grande Arquitecto, que es el Maestro supremo de nuestra Orden. Señala también la palabra Gólgota, o lugar del suplicio, y ha de recordarle que ningún poder debe impedir la construcción de nuestro templo». Y las llamas que salen de los ángulos «han de recordarle que se levante, como la llama del fuego, del polvo de la tierra».

El Nombre, el Calvario y el ascenso, superpuestos en una sola letra. Un sistema que apila tres lecturas sobre un mismo emblema dibujado no está siendo vago: está enseñando que sus emblemas se leen por capas y que ninguna capa cancela a la anterior.

La estrella de un grado que pregunta por uno mismo

Queda una última razón para que el hexagrama esté donde está. El grado de Compañero enuncia su propio secreto como una lista de siete puntos, y ninguno es una fórmula: el conocimiento del propio origen, el de la propia peregrinación, el del propio deber, y así hasta la certeza de aquello en que uno ha de llegar a convertirse. Es un cuestionario, no una llave.

Puesto ahí, el emblema encaja: una figura que enseña que nada de lo que se hace queda sin respuesta está bien colocada en el peldaño donde se le pide al hermano averiguar de dónde viene y hacia dónde va. Recuperar esa lectura no es erudición ociosa. Un símbolo vaciado queda a merced del primero que le invente un sentido; uno leído en su propia fuente se defiende solo.

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