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Fiel u homologado: el dilema del traductor litúrgico

15 de marzo de 2026 · 5 min de lectura · actualizado el 30 de agosto de 2026

Traducir un ritual no es traducir un manual. El texto se dice en voz alta, se memoriza, se actúa. Una palabra exacta en el papel puede ser impronunciable en logia; una frase fiel a la sintaxis alemana puede romper el ritmo de una ceremonia. De ahí una tensión que no se resuelve de una vez, sino decisión por decisión.

Las dos versiones

La versión fiel busca reflejar el sentido exacto del original y preserva giros, estructura y matices. Es la que sirve para estudiar: permite cotejar, citar y comprender qué decía realmente la fuente. Su precio es la aspereza: a ratos el español suena traducido, porque lo está.

La versión homologada ajusta el ritmo, normaliza la terminología y privilegia la oralidad. Es la que sirve en el trabajo. Su riesgo es alejarse del original sin avisar, y por eso no se publica sola.

Lo que se decidió no traducir

Cada uno de los nueve rituales que hoy se trabajan lleva, junto al título, una línea en neerlandés —Dit rituaal dateert uit…— que la edición no traduce y deja a la vista. No es un descuido. Esa línea es el testigo del camino que el texto recorrió antes de llegar a México, y borrarla habría dejado un texto más limpio y una historia más pobre.

La regla que de ahí se sigue vale para todo el corpus: se traduce lo que el texto dice, no las marcas de por dónde pasó. Un rito que enseña a leer huellas no debe empezar por borrar las suyas.

Lo que se decidió no corregir

El caso más difícil no fue una palabra, sino una ausencia. En los libros que la obediencia alemana imprimió bajo el nombre que el régimen le impuso en 1933, los grados dejaron de llamarse por su nombre: donde debía decir maestro, aprendiz o compañero de San Andrés, dice Stufe, «peldaño». Tampoco aparecen Adonirám ni Hiram.

Un traductor bienintencionado habría restituido los nombres. Se decidió no hacerlo. Los libros se conservan como salieron de la imprenta de Berlín y la supresión se documenta con sus cifras, como hecho histórico. Restaurar el vocabulario habría producido un texto más cómodo y una fuente falsa.

Un rito que guarda la huella de lo que le hicieron a su vocabulario en 1933 guarda también la prueba de que sobrevivió. Eso no se limpia.

Una preposición que cambia un umbral

Que la fidelidad no es conservadurismo se ve en el caso contrario, donde lo fiel obligó a discutirle a la fuente. Sobre las dos puertas que conducen al vestíbulo de la logia de maestro de San Andrés van dos inscripciones: al Norte Tenebrae, al Sur Lux. Pero la redacción sueca no dice Tenebrae sino Tenebris, y el orador que la comenta tiene por correcta la sueca y por malentendido la alemana, «porque las dos puertas conducen a la logia de Maestro de San Andrés y ninguna puede ser la que lleve a las tinieblas».

Leídas junto con la letra Y que hay entre ambas, las inscripciones darían Tenebris… lux: luz para las tinieblas. Una declinación cambia el sentido de un umbral, y el traductor que no la nota traduce mal una puerta durante dos siglos.

Nomenclatura propia, y por qué va con nota

Hay decisiones que no son de lengua sino de casa. La Gran Logia de la Ciudad de México cuenta diez grados y los nombra en español, de modo que donde el original alemán dice «5. Stufe» la versión española lee «grado V» con nota al pie que remite al término original. La nota no es un adorno erudito: es la prueba de que la adaptación se declara.

Conviene decirlo con todas las letras: esta casa trabaja el rito de manera independiente y no cuenta con reconocimiento, autorización ni afiliación de la masonería alemana. Precisamente por eso la nomenclatura es propia y la nota al pie es obligatoria. Nadie de fuera responde por estas decisiones; responden quienes las firman, y para que puedan responder tienen que ser visibles.

Hieber, que ya lo había pensado

El criterio último de una traducción ritual no es la página: es el oído. Otto Hieber, que escribió en 1899 la directriz de ejecución que la Gran Logia Nacional reeditó en 1950, lo dejó dicho para el orador y sirve igual para el traductor. «Hablar es un arte difícil, que quiere ser aprendido.» Los dichos en verso «deben evitarse; dan las más de las veces impresión de cosa aprendida de memoria y, pese a la forma más bella, no tocan tan inmediatamente como la prosa». Y una pieza musical ejecutada con la mayor virtuosidad «nos deja fríos si falta el alma».

Traducido a la mesa de trabajo: una frase que suena a hallazgo del traductor está mal traducida. La prosa que toca es la que no se hace notar.

Cuatro capas

La salida no fue elegir una versión, sino conservarlas todas y mostrar la costura. Cada documento se ofrece en cuatro capas: el original escaneado, la transcripción alemana, la versión bilingüe alineada y el español. No se oculta la mano del traductor; se enseña dónde estuvo. Es la única manera responsable de editar textos que van a circular como si fueran canónicos.

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